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2 de mayo de 2013

El dilema de Francisco de Goya

          Con motivo de la celebración de los levantamientos populares que se iniciaron en Madrid hace 205 años contra las tropas napoleónicas que pretendían invadir España, no serán pocas las menciones que se harán al famoso cuadro de Francisco de Goya, Los fusilamientos del 3 de mayo. Se repetirá la historia de siempre: los madrileños, a quienes se pretendía imponer un rey extranjero (José Bonaparte), salieron a la
Autorretrato,
de Francisco de Goya (1815)
calle con piedras y cuchillos para expulsar a los franceses que querían someterlos. Por supuesto, esta afirmación no deja de ser cierta pero, como suele suceder, hasta nosotros sólo llega una versión simplista de los acontecimientos,  una versión que pretende avivar un sentimiento nacionalista y que no permite ver el conflicto en toda su dimensión. A pesar del legítimo levantamiento del pueblo español contra las tropas napoleónicas invasoras, muchos intelectuales españoles de la época como Juan Meléndez Valdés o Leandro Fernández de Moratín veían en los franceses la llegada de las luces a un país sumido en la miseria, la incultura y el analfabetismo, un país todavía esclavizado por el peso de la religión, la superstición y la ignorancia al que unos Carlos IV y Fernando VII traicionaban y oprimían. Francisco de Goya fue uno de estos intelectuales que veían en la llegada de los franceses la esperanza de que el germen de la Ilustración quedara en tierras españolas e hiciera florecer la revolución intelectual y cultural que había acontecido en Francia. No fue el único, pero, al igual que él, los que defendían la llegada de los vecinos del norte fueron tachados de "afrancesados", antipatriotas y traidores. El deseo de que la cultura y el triunfo de la razón ilustrada llegara a España era, como lo sigue siendo hoy en día, idea incómoda para algunos.

28 de abril de 2013

Un mundo deshumanizado

          En un mundo donde la obsesión por la especialización y la ciencia tecnológica se han convertido en la directriz vital de todo ciudadano del siglo XXI que se precie, las Humanidades han quedado relegadas a un segundo plano, como una disciplina mirada con desdén por quienes ostentan el cetro de la modernidad y el avance que supone la revolución tecnológica que venimos viviendo en los últimos años. Si consideramos la poca atención que se presta a las asignaturas de Literatura, Filosofía o Historia en los sistemas educativos, sin hablar de carreras universitarias tan despreciadas como puede ser la de Historia del Arte, constatamos la poca importancia que se da a estas disciplinas, pilares fundamentales del desarrollo social e intelectual y, gracias a las cuales, se ha ido construyendo a lo largo de la historia la sociedad en la que vivimos.
La escuela de Atenas (fragmento) de Rafael, (1510-1511)
         Es difícilmente comprensible la existencia del Estado moderno sin conocer a Maquiavelo o Rousseau. Asimismo es imposible tener un conocimiento básico de lo que es la democracia (término tan usado y desvirtuado hoy en día), sin haber leído a Platón. ¿Cómo vamos a ser capaces de entender lo que significa y debe ser la división de poderes sin saber, ni de oídas, las teorías de Montesquieu? Los conceptos básicos que rigen nuestra sociedad, gracias a los cuales vivimos en mayor o menos grado de libertad, nos han sido otorgados gracias a la Filosofía. Conceptos que hoy nos parecen tan obvios como la Justicia, la Libertad, la tan hoy mencionada "desobediencia civil" o el existencialismo son conceptos que desarrollaron Aristóteles, Stuart Mill, Thoreau o Sartre y que se utilizan hoy en día sin tener un conocimiento concreto de lo que significan. Sin el saber necesario sobre estas materias, la sociedad es fácilmente manipulable, fácilmente influenciable. La Filosofía ayuda a cuestionar a los demás y a uno mismo, a ser inconformista y exigente. Es un requisito indispensable para poder conocerse a uno mismo, a los demás y para entender y descubrir el mundo que nos rodea, a menudo oculto por quienes no quieren que sea visto.